Viernes, 02 de abril de 2010

LA DEMOCRACIA EN ESPA?A

            El paso de la sociedad española por los cuarenta años de dictadura no se borra de la noche a la mañana, a pesar del empeño de ZP de destruir todo vestigio que la recuerde. Es cierto que la dictadura, como forma oficial de gobierno, hace años que desapareció de los papeles oficiales, sustituida por una democracia de mínimos, porque, si analizamos las cosas con realismo, aún sigue presente en muchas manifestaciones de la vida social y política actual, es decir, en la vida pública. Y lo que aún es más grave, las huellas dejadas en las administraciones que gobiernan la sociedad y su forma dictatorial de actuar, que sigue aún viva en muchas actuaciones concretas y gestos de las personas, y la incapacidad de controlar y erradicar la tremenda corrupción en que vive inmersa la clase política, son muestra evidente de que ni tenemos dictadura ni democracia, sino una forma de gobierno amorfa, amparado por la partitocracia, en la que todo es manipulado por las ambiciones de las personas a través de unos partidos hechos ad hoc.

            En el parlamento los representantes del pueblo sólo pueden hablar cuando se lo permiten sus propios partidos, y cuando lo hacen sólo pueden decir lo que sus líderes les ordenan. La justicia, con magistrados nombrados por los propios partidos políticos, se encuentra totalmente politizada. Las elecciones, condicionadas por un sinfín de promesas que no se cumplen y unos partidos que imponen sus candidatos a los ciudadanos impidiéndoles elegir a quienes quieran, carecen de auténtica libertad. Porque la libertad sin información veraz no puede ser tal. 
          
           ¿En qué consiste, pues, vivir la democracia? Si hiciéramos esta pregunta a la gente que por la calle camina ocupada en sus quehaceres diarios, la mayoría de las personas nos contestarían que la democracia sirve para que podamos elegir a los representantes del pueblo, a aquellos que deberán promulgar las leyes y gobernar al país, a los que desde los gobiernos, las autonomías, las diputaciones y los concejos se dedican a dirigir la vida pública del pueblo. Algo que no era posible en la dictadura franquista. Y no podemos decir que la respuesta de los que así piensan no sea acertada. Lo es. Pero no recoge lo más importante de lo que debe ser una auténtica democracia viva.

            Porque la democracia no es una simple palabra o una mera teoría sino una forma de vivir y de comportarse en sociedad que requiere, primero, el convencimiento interior  y el aprendizaje de unos derechos y obligaciones, traducidos en la práctica de una forma de vida diaria. Es por eso que la democracia no comienza ni termina el día de las elecciones, ni está en el hecho de que el ciudadano pueda votar. El voto, con ser algo fundamental e inexcusable en democracia como ejercicio del poder del pueblo, también es efímero y dura poco. Se reduce al acto de depositar cada cuatro años la papeleta en la urna. Y una vez recontada la papeleta, su destino es la destrucción por el fuego.

            Y eso sin olvidar que ya antes de que el voto cumpla su función en las urnas los votos suelen ser objeto muchas veces, aunque no todos, de muchas y diversas peripecias. La mayoría de ellas de carácter secreto y disimulado. Aún reconociendo que muchos de los votos son hijos directos de la democracia hay que reconocer que no todos, pues ocurre que muchas veces hay que desconfiar de la limpieza y de la pureza de algunos de ellos que proceden de una paternidad desconocida. Son los votos espurios, es decir, manipulados, forzados, comprados y sujetos a toda clase de presiones sobre unos electores, utilizados por los partidos para el logro de sus objetivos. En las elecciones no faltan las manipulaciones ni los engaños, las mentiras y las confusiones y, sobre todo, se somete a los electores a un bombardeo atronador de propaganda política especialmente diseñada para embaucar a los votantes y manipular su libertad de expresión. Un déficit democrático, muy difícil de corregir por la existencia de las ambiciones humanas y la incapacidad del actual sistema para corregirlo. Es la presencia de los “camuflados” en la vida política que, una vez dentro de los partidos políticos, van a dedicar sus vidas y su trabajo a arreglar sus parcelas privadas y sus negocios particulares utilizando el poder democrático en su personal beneficio. Una presencia de gente manipuladora que, a la vista de lo que está pasando, se puede concluir que es mayoritaria en la clase política.

            Para mejorar el bajo nivel democrático en que vivimos sería necesario, primero, que la sociedad, tanto los que ejercen funciones directivas en ella como el pueblo llano, pusieran todo el empeño en vivir el día a día con plena consciencia de sus derechos y obligaciones y viviendo los valores democráticos en el ejercicio de sus funciones y métodos de gobernar y convirtiéndose en un ejemplo vivo a imitar por los ciudadanos. Y, segundo, dotar al sistema de los medios necesarios para que la corrupción no tenga cabida. Gobernar con ocultación y oscurantismo ante el pueblo, utilizar el poder para otros fines ajenos a lo que es el bien común de los ciudadanos, manipular los poderes básicos del estado para disponer del control absoluto del poder son los contra signos democráticos que nos ofrece la actual clase política española. Políticos que utilizan al pueblo para alcanzar sus propias metas personales de bienestar y para vivir en la opulencia a costa del dinero ajeno. Y hasta tal punto se lo tienen montado que son muchos los que, acabada su vida activa en la política, no retoman la condición que tenían anterior al servicio prestado, sino que encuentran arropados por un sinfín de privilegios vitalicios escandalosos. Nuestro sistema, mal llamado democrático, necesita urgentemente una intervención quirúrgica que la clase política no está dispuesta a afrontar. ¿Quién lo hará? ¿Será el pueblo el que la imponga?- José Mª Rodríguez                       

 


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