Viernes, 28 de mayo de 2010

LA GRAN MENTIRA

           Los recientes acontecimientos ocurridos en España en la esfera política, judicial con el caso Garzón y social han abierto críticas en las tertulias y en los medios sobre el peligro que supone volver a los viejos esquemas de la superación o no del franquismo y la sanción del estado democrático de derecho en el que creemos vivir. Posturas y actitudes opuestas que tratan de recuperar pasadas situaciones de antagonismo en la sociedad española que el tiempo transcurrido y el consenso de los pactos sociales y políticos parece que ya habían superado y cicatrizado.

            Pero, en vista de lo que está sucediendo estos días, cabe preguntarse, ¿es necesario recuperar el pasado? Porque, a la vista de lo que se oye, esta es la pregunta que muchos se están haciendo en la calle, en donde ya no se vive pensando en derechas e izquierdas, sino en cómo salir de la crisis. Lo que la gente sospecha es que quienes azuzan el fuego de la discordia son políticos de ideología neutra, empeñados en hacernos creer que los burros vuelan, interesados sólo en la panza y en el bolsillo, y que no dudan en jugar con los sentimientos del pueblo utilizándolos para sus fines. 

            Y aunque si bien es cierto que estamos disfrutando de una democracia sólo formal, el futuro no se construye mirando hacia atrás, sino perfeccionando el sistema de que nos hemos dotado, que buena falta le hace, y rompiendo de una vez con el pasado, para dotarnos de una  democracia real, que aún no tenemos.

            Porque si bien es verdad que el franquismo ha muerto, sus secuelas siguen vivas aún entre nosotros en unas organizaciones llamadas democráticas. Y es por esa superación por lo que se debe luchar.

            Luchar por un sindicalismo libre, que represente únicamente los intereses de la clase trabajadora y que viva de sus aportaciones, no sometido a los dictámenes del gobierno que los subvenciona con nuestros impuestos, como en los tiempos de Franco. La consecuencia directa de un sindicalismo subvencionado por el gobierno, como es el caso actual, es que en vez de defender a los trabajadores, defiende a quien le da de comer en la mano. Lo mismo que en el franquismo.

            Al igual que antes en el franquismo, tampoco hoy el pueblo está representado en las Cortes. Los diputados, que con su obediencia a los partidos políticos forman una oligarquía de poder que utiliza al pueblo una vez cada cuatro años para salvar las apariencias democráticas ante la opinión pública, no representan la voz del pueblo. Las cortes, mal llamadas democráticas, en vez de ejercer de representantes del pueblo, son esclavas de los partidos. Y lo mismo que antes en el franquismo, los diputados votan lo que les manda su jefe de filas, porque, sino, el que se atreva a hablar y manifestar una opinión distinta a la del jefe, no sale en la foto, es decir, se acabó su futuro político. La voz del pueblo real está ausente del parlamento. Estamos ante un sistema que se parece más a una dictadura de partidos que a una democracia de ciudadanos.

            Y lo mismo que en los tiempos del franquismo, en los que el Poder Judicial estaba en manos del Jefe del Estado, hoy lo está en la de los partidos, con la consiguiente dependencia de las consignas políticas de cada momento. Y la evidencia de este sometimiento está hoy en el tratamiento del Estatuto de Cataluña, sometido a los tiras y aflojas de los intereses ideológicos y de las conveniencias de los partidos, que no del sentir del pueblo.

            ¿Y qué decir de la prensa libre, piedra angular de una democracia? Aunque, a diferencia de los tiempos del franquismo en que todo estaba sometido a la censura, hoy existe la libertad de expresión, aunque pocos la practican, ya que la mayoría de ellos están sometidos, por medio de los privilegios y las subvenciones, a la obediencia ciega de criterios ideológicos y partidistas.

            La educación, antes sometida a los criterios de la dictadura franquista, hoy lo está a los criterios políticos e ideológicos de los gobiernos de turno y a las directrices de las distintas autonomías. Es por eso que son incapaces de arbitrar una legislación duradera y estable que responda a las verdaderas necesidades de la sociedad.

            En resumen que, aunque Franco ha muerto, su dictadura sigue de algún modo presente en los partidos que nos gobiernan. ¿Tenía que ser así? Es posible, por aquello del principio aristotélico de que “natura non facit saltus”. Pero ha llegado la hora de acabar este período de transición y dotar al pueblo de una verdadera democracia, abandonando los viejos hábitos para empezar una nueva era y devolverle al pueblo la verdadera libertad y rescatarlo de la manipulación de los partidos. Ya va siendo hora de convertir a España en una democracia.

            Para ello hace falta un gobierno de concentración nacional que tenga por finalidad: la reforma de la Constitución, de la ley electoral, la división de poderes, una nueva organización del Estado de las Autonomías, nueva ley de financiación de los partidos y de los sindicatos, etc. etc. A grandes males hay que aplicar grandes remedios.-

           


Comentarios

Añadir un comentario