Mi?rcoles, 22 de junio de 2016

ESPERAUTANO Y LA CRISTIANIZACIÓN DE LA COMARCA DEL EO

En el Documento del rey don Silo, emitido en el año 775 por este rey asturiano  con residencia en Pravia y séptimo rey de la Gallaecia después de la desaparición de los suevos y visigodos, se contiene la donación de un cillero y un coto a una pequeña comunidad de religiosos, monjes o anacoretas, residentes en la comarca del Eo, en el lugar hoy conocido con el nombre de A Graña, en la parroquia de Ove. El citado documento está dirigido a los “hermanos y siervos de Dios, Petri presbiteri, Alanti conversi, Lubini conversi, Aviti presbitero, Valentini  presbitero et…” y a otros hermanos que con ellos vivían en ese citado lugar. La donación de esta propiedad tenía por objeto la construcción de un monasterio o casa de oración, con la carga de encomendar al rey en sus oraciones.

            Establecer la ubicación de este monasterio, denominado Monasterio de San Martín y San Esteban de Esperautano, así como también la extensión del coto objeto de la donación, fue tema de investigación para muchos estudiosos, que fracasaron en su intento. Fiados en algunos de los muchos topónimos que aparecen citados en el documento, unos lo situaron en Abres, otros en el lugar de Celeirós (Cubelas), en Celeiro de Mariñaos o en San Cosme de Barreiros. El desconocimiento de la micro-toponimia local de esta comarca, ahora por fortuna recuperada, les impedía identificar y reconocer acertadamente los topónimos contenidos en el citado documento para poder situar correctamente, tanto el mencionado cillero objeto de la donación, como los límites de su coto. Hoy se puede afirmar con toda certeza que la coincidencia de los topónimos citados en el documento de donación con la micro-toponimia de esta comarca es total. Lo que permite establecer con suficiente precisión y seguridad no sólo la ubicación de este monasterio en el lugar de A Graña, en la parroquia de Ove, a tres kilómetros de Ribadeo, sino también la situación y extensión de su coto, que comprendía aproximadamente el territorio ocupado por las actuales parroquias de Ove, Cubelas, Arante, Cedofeita y Vilaosende.

            ¿A qué orden monástica pertenecían sus monjes? ¿Se trataba de simples anacoretas, o de monjes de la orden de San Agustín o de San Fructuoso? Aunque no se dispone de datos documentados acerca de la orden o congregación monacal a la que pudo pertenecer este monasterio, su posterior integración en el monasterio benedictino de Lourenzá hace suponer que pudiera haber pertenecido a la Orden de San Benito, que  empezaba a extenderse por toda la Gallaecia.

La actividad de este cenobio debió de ser breve en el tiempo, no superando los dos siglos, aproximadamente. Pero su extensa y profunda actividad misionera tuvo lugar en un período en el que las comunidades cristianas de esta amplia comarca caminaban como ovejas sin pastor en una etapa en la que una gran parte de la comarca comprendida entre el Eo y el Masma era dependiente de la Sede episcopal de León. ¿A que se debió este cambio de jurisdicción? ¿A la voluntad de los reyes de Oviedo, señores de este territorio y dependientes de la jurisdicción episcopal de León antes de la creación del obispado de Oviedo después de la desaparición de la Sede britona? Cualquiera de estos dos factores, o los dos juntos, pudieron haber sido los responsables de esta extraña situación. Con la desaparición, en el año 693, del último obispo de la Sede de los britones, Suniagisio, en San Martín de Mondoñedo, se produjo un período de vacío jurisdiccional en esta comarca. Un largo período sin autoridad religiosa próxima alguna hasta que en el año 842 reaparece de nuevo con la reconstrucción de la catedral de San Martín de Mondoñedo y el nombramiento por el rey Alfonso II de Oviedo de un obispo, cuyo nombre se desconoce, para dicha Sede. Una larga etapa de vacío jurisdiccional que explica la adscripción de algunas de las diversas comarcas de la antigua Sede de los Britones a las Sedes de Compostela, Lugo o León, como fue el caso de la comarca comprendida entre el Eo y el Masma que en los tiempos del rey Ordoño I (850-866) pasó a pertenecer a la jurisdicción de la Sede episcopal de León. Entre las parroquias de esta comarca que pasaron a León el P. Flórez cita, entre otras, a San Martín de Esperautani (A Graña-Ove), S. Pedro de Alanti (Arante) y Sta. María de Tabulata (Trabada). (Es, precisamente, su pertenencia a esta Sede la razón por la que el Diploma del rey don Silo se encuentra actualmente en el archivo de la catedral de León). La pertenencia de este monasterio a la Sede de León debió de ser breve, pues en el año 958 pasó a pertenecer al monasterio de Lourenzá. Y poco tiempo después, en el año 1157, por un intercambio de bienes realizado entre el monasterio de Lourenzá y el cisterciense de Meira, este monasterio de Esperautano pasó a pertenecer al de Meira, que lo convirtió en una importante granja de producción vinícola.

Testigos vivos de la presencia del monasterio de San Martín y San Esteban de Esperautano en ese lugar, y su posterior conversión en granja vinícola, son algunos de los nombres que perduran vivos aun en la toponimia actual de esa localidad, como son, respectivamente, el “regato de San Martín” y la “capilla de San Esteban” en ese paraje, así como el de “Rego da Viña” con el que aún hoy se designa a un pequeño regato de ese lugar, o el propio nombre de “A Graña”, versión gallega de Granja, palabra de origen francés, introducida en España por los monjes cistercienses para denominar con ella sus grandes establecimientos agrícolas.

Aunque breve en el tiempo, la influencia que tuvo este histórico cenobio en la actividad religiosa de esta comarca debió de ser, sin duda, muy importante a juzgar por las muchas iglesias y pequeños cenobios o “Casas de Oración”, que la intensa acción pastoral y misionera de estos mojes fundó y organizó en tan pocos años en todo este territorio. Pueden citarse entre otros, por estar debidamente documentada su existencia ya en el siglo XII, los pequeños monasterios o “beateríos” de Santa María de Asanza (actual As Anzas), Santa María Magdalena en Piñeiro de Cedofeita, Santiago de Reme, Santa Eulalia de Ermolfi en A Devesa y Santa María en Trabada. Fundaciones estas que, siguiendo el mismo destino del monasterio matriz de Esperautano, pasaron a depender más tarde del monasterio benedictino de Lourenzá para desaparecer con el paso del tiempo. El mismo testamento por el que el rey Ordoño III dona al conde Osorio Gutierrez, para él y sus monjes de Lourenzá, el citado monasterio de Esperautano, utiliza la expresión: “…Id sunt: Sancto Martino de Asperotani, cum omnes ecclesias sibi subditas… alia ecclesia  Sancti Stephani Rippa Masme…”. La expresión “… junto con otras iglesias que le pertenecen…” confirma por si sola la actividad de estos monjes.

La importante actividad religiosa desarrollada por los monjes del monasterio de Esperautano en la evangelización y estructuración religiosa de los núcleos rurales que poblaban esta comarca se puede deducir fácilmente de los datos que nos dejaron los documentos medievales y la propia toponimia local. Baste citar, como ejemplo, el testimonio aportado por el P. Flórez, en su obra España Sagrada, en la que cita un antiguo documento del año 916, perteneciente al archivo de la catedral de León, en el que se refiere a la iglesia de Arante como “… ecclesia Santi Petri de Alanti”. Un nombre que se corresponde literalmente con el de uno de los novicios del grupo de los fundadores del Monasterio de Esperautano, el del converso Alanti, citado en el Diploma del rey don Silo. Una prueba evidente, sin duda, de la actividad de este monje en la evangelización de las comunidades rurales de ese coto y, en concreto, de la autoría de la iglesia de Alanti, templo al que le dieron su nombre y que aún hoy conserva bajo la forma evolucionada de “Arante”. Un topónimo en el que, como es frecuente en muchas palabras, la consonante líquida – l - se cambia en  - r -, como ecclesia > igrexa, y con relajación de la - i - final en  - e -, como Rudesindi > Rosende. Y no es menos significativo, tampoco, el hecho de que esta iglesia de Arante, junto con el monasterio de Esperautano, pasara a pertenecer al monasterio de Lourenzá, permaneciendo bajo la administración religiosa y dominio señorial de sus monjes que, hasta el siglo XVIII, percibían la mitad de los diezmos de Remourelle y la tercera parte de los de Arante; un vestigio testimonial de su anterior propiedad. La actividad fundacional de los monjes de Esperautano en la cristianización de este territorio queda, asimismo, reflejada en la existencia, atestiguada ya en el siglo X en algún caso, de los muchos templos dedicados a San Esteban, advocación bajo cuyo patrocinio, compartido con el de San Martín, figuraba el monasterio de Esperautano. Entre ellos cabe citar la ermita de Santo Estevo de Augas Santas en San Cosme de Barreiros, la de Santo Estevo de Pagá en San Miguel de Reinante, Santo Estevo de Tabulata en Trabada, Santo Estevo de Rececende, Santo Estevo de Fórnea o la misma capilla actual dedicada a Santo Estevo en A Graña, heredera del primitivo patrono del citado monasterio.

            Testimonios históricos todos los citados de la importante actividad misionera de estos monjes, precisamente en aquellos lejanos tiempos de la alta Edad Media en los que aún perduraban entre las rústicas comunidades cristianas ciertos substratos de las creencias paganas que la extensa acción misionera de Prisciliano no había sido capaz de desterrar totalmente, como lo corrobora el mismo San Martín de Dumio en su obra De correctione rusticorum, dedicada a combatir ciertas prácticas, como la superstición, la idolatría, la adivinación, la brujería, etc. Sin ignorar, tampoco, el peligro que para los iletrados cristianos de esta comarca representaban las secuelas de la herejía arriana unitaria, introducida años antes por los suevos y los visigodos, así como también la adopcionista, defendida y propugnada por el obispo de Toledo, Elipando, que con el apoyo del obispo Ascarico de Braga, metropolitano entonces de las Sedes episcopales de la Gallaecia, empezaba a extenderse por esta antigua nación, y contra la que reaccionaron los monarcas desde Asturias, asesorados e impulsados por el Beato de Liébana. Una situación religiosa precaria, sin duda, que explica la razón y el motivo de esta fundación monacal por el rey don Silo en esta comarca del Eo en aquellos remotos tiempos.

 

 


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