Mi?rcoles, 24 de junio de 2009

LA COLEGIATA DE RIBADEO

            La estancia de la Sede episcopal mindoniense en Ribadeo fue breve. Sólo 36 años. Los documentos de la época no nos dan cuenta de las razones que movieron al rey de León, Fernando II, a trasladarla desde Mondoñedo a Ribadeo. ¿Fueron razones de índole pastoral para situar la sede más próxima al occidente de Asturias, que desde la cuenca del Navia pertenecía entonces a la Sede mindoniense? ¿Fueron razones de orden económico-mercantil derivadas de la situación geográfica de la villa de Ribadeo? Lo único que dice el rey en el documento del traslado es que lo hace “para incremento de mi reino y servicio mío y de mi heredero”.

            Con la pérdida de la sede episcopal, Ribadeo se sintió herido de muerte. El fallecimiento del obispo don Pelayo, ocurrida en el año 1218, junto con la pérdida de la Sede dejó a la villa sumida en una gran orfandad. De los privilegios de que gozara con motivo de la estancia de la sede episcopal sólo quedaba, profundamente gravada en la gente, la imagen de santidad de su último y venerable obispo y una iglesia vacía, sin obispo que pastoreara a sus fieles, ni cabildo que cantara solemnemente el oficio divino en el coro de su catedral. El Padre Flórez, en su obra España Sagrada, escrita en 1764, describe los sentimientos del pueblo de Ribadeo con estas palabras: “La villa de Ribadeo se hallaba  muy resentida de que le hubiesen quitado la Sede Pontificia: y cómo de una Iglesia Chatedral la redujeron a una parroquia desatendida”.

            Pero Ribadeo se resistió a aceptar su suerte y se reveló contra su triste destino. El concejo, haciendo valer los derechos adquiridos de haber sido sede episcopal, se dirigió al obispo don Nuño II y al Cabildo de Mondoñedo exigiendo que proveyesen a su iglesia de ministros. “Y hallándolo conveniente – continúa diciendo el P. Flórez – formó don Nuño y su Cabildo una Concordia en lengua vulgar, en el año 1270, por la cual se obligaron a poner en Ribadeo un Canónigo y cuatro Racioneros de Mondoñedo, los cuales residiesen y autorizasen el culto en la Iglesia de Ribadeo”.

            El texto original de este documento de Concordia, que figura hoy en un pergamino que se conserva en el Archivo de la Catedral de Mondoñedo dice, entre otras cosas: “Et con este quatro razoeiros deuemos senpre a proueer y dum cooygo unde nos quesermos et qual nos quesermos”. Con estas solemnes palabras la catedral de don Pelayo quedó convertida en Colegiata y dotada con un cabildo compuesto por un canónigo y cuatro racioneros que ejercerían las funciones de Cabildo de la Colegiata de Ribadeo. Un título y un honor que Ribadeo ostentó hasta el año 1851 en que le fue suprimido por el Concordato de Isabel II.

            La Colegiata estaba situada fuera de las murallas, en el Campo de Santa María, así llamado por la dedicación de la catedral a la Virgen María, en las proximidades de la actual Oficina de Turismo.

            Pero, ¿cómo era la vieja Colegiata? Por los datos que aporta en su informe el perito que la describió antes de su demolición sabemos que la Colegiata era un templo de tres naves y de planta basilical. Tenía las columnas y el techo de madera y el tejado de losa. La capilla mayor y las dos capillas colaterales tenían arcos y bóvedas de cantería. La capilla mayor, formada por un arco de medio punto, tenía 46 pies de alto y 27 de ancho. La capilla mayor estaba separada de la nave por una verja de hierro y a ambos lados de la capilla mayor había dos púlpitos, también de hierro. El coro, que era de madera tallada y estaba situado en el centro de la nave como era usual en el medievo, estaba formado por veinte sillas de madera noble en la parte superior, reservadas a los canónigos y trece en la inferior para el clero bajo, con el facistol en el centro para sostener los libros corales que se usaban en el canto de las horas canónicas. De la situación del órgano en el templo no se tienen datos exactos. En la capilla lateral del lado de la epístola, dedicada al Ecce-Homo y a San Sebastián había un nicho rodeado de siete escudos, perteneciente, probablemente, a alguno de los condes de Villandrando. La capilla lateral del lado del evangelio estaba dedicada al Espíritu Santo.

            Aunque inicialmente contó sólo con tres capillas, con el tiempo fueron autorizándose más patronatos hasta llegar a poseer cinco capillas en siglo XVI. Se sabe que tenía, además, un claustro o atrio sin que haya constancia de su forma y situación. Su estructura poco tenía que ver con las formidables catedrales que estamos acostumbrados a ver. La brevedad del tiempo empleado en su construcción y los escasos medios económicos de que se disponía en aquellos tiempos para su construcción no permitían otras aspiraciones. Pero a pesar de su precariedad sobrevivió hasta el año 1777, año en que fue declarada en ruina, para ser demolida en junio del año 1788. Por desgracia, con su demolición se perdieron todos los escudos y blasones de los nobles patronos de las capillas, incluido el sarcófago del llorado y santo obispo don Pelayo.

            Desde el año 1777, en que había sido declarada en estado de ruina, el culto parroquial pasó a ejercerse en la capilla del Hospital de San Sebastián, en donde continuó desempeñándose, en situaciones precarias por falta de espacio, hasta el 1º de noviembre del año 1835, fecha de su solemne traslado, una vez exclaustrados los frailes franciscanos, a la vieja iglesia del convento de San Francisco, en donde aún sigue actualmente, después de haber sido totalmente reparada a principios del siglo XX..-José Mª Rodríguez

 


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