Jueves, 16 de julio de 2009

CONATRUCCI?N DE LA NUEVA COLEGIATA DE RIBADEO

           El paso del tiempo había dejado marcadas sus huellas en la vieja Colegiata, antigua catedral de don Pelayo. Su estado ruinoso, tantas veces criticado por los obispos en sus Mandatos con motivo de sus visitas a Ribadeo, hacía temer al concejo una desgracia. Ante la gravedad de tal amenaza, el concejo acordó encargar un informe sobre el peligro real de derrumbe. El resultado del reconocimiento era demoledor: decía que el arco de la capilla mayor tiene una abertura de más de una pulgada, que las dovelas están desunidas y, en fin, que estando inclinados y podridos los pies derechos (columnas), si no se vino abajo todo, lo que podrá suceder cualquier día, es por la solidez del muro principal que tiene tres pies y medio de espesor”.  Ante un informe tan demoledor el concejo acordó el traslado inmediato de la parroquia, previo el visto bueno del obispo, a la capilla del hospital de San Sebastián.

            Era el año 1777. En vista del estado “indecente, ruinoso y pobre en que se hallaba la Colegiata, reunido en sesión solemne y extraordinaria, el concejo acordó incoar el expediente de reedificación de un nuevo templo e iniciar la tramitación de su expediente en Madrid. Para ello recabó la ayuda del obispo D. José Francisco Losada y Quiroga para que, en vista de la urgencia y grave necesidad que tenían de ella, apoyase ante el rey Carlos III tan justa petición, dada la escasez de fondos de la fábrica para hacer frente a la construcción de una nueva.

            Pero los años pasaban y la respuesta de Madrid no se llegaba. Y Ribadeo seguía sin fondos para la construcción de la Colegiata. Por ello, el concejo acordó pedir al Supremo Consejo Real de Castilla la concesión de un impuesto especial: un real de vellón por cada fanega de sal que se vendiese en los alfolíes de Ribadeo destinado a los gastos de reconstrucción de la Colegiata. La contestación del Consejo Real concediendo el arbitrio y facultando al concejo para poner otros, como de hecho hizo con el de los licores y aguardientes, no llegó hasta el año 1782.

            Con estas buenas noticias el concejo se puso manos a la obra. Se comenzó a extraer piedra para la obra de una cantera de la Villavieja y a gestionar la piedra de cantería que vendría de San Ciprián. Mientras tanto, el Consejo Real encargó los planos al arquitecto Quiñones, que presupuestó la obra en 230.000 reales. Pero estos planos no fueron del agrado del concejo a quien el templo diseñado por ese arquitecto pareció demasiado pobre y pequeño para el número de habitantes. Entonces, el Consejo Real encargó otros planos al arquitecto Machuca, más ambiciosos y elaborados. El presupuesto ascendía ahora a 750.000 reales. El nuevo templo diseñado era ahora magnífico, como correspondía a su rango de Colegiata y digno de la villa de Ribadeo. De orden dórico en el interior, toscazo en el exterior y jónico en su fachada principal, reunía una bella y armoniosa mezcla de estilos que haría exclamar más tarde al arquitecto Diego de Ochoa que “si se sigue con la magnificencia con que se ha principiado será el más magnífico que se encontrará en el Reyno de Galicia”. En 1788, desoyendo los consejos del arquitecto Machuca que en sus “Condiciones” recomendaba hacerla por administración, el concejo acordó efectuar la subasta de la obra. Una lamentable decisión, fuente de futuros problemas y de la que el pueblo, encabezado por Antonio Raimundo Ibáñez, se quejaría amargamente más tarde. La obra fue adjudicada al contratista Van-den y la dirección de la misma al arquitecto Ferro Caaveiro.  En el mes de julio de este año de 1788 se procedió al replanteo de la nueva obra que, al revés de la Colegiata vieja que estaba orientada de sur a norte, se acordó situarla mirando hacia el oriente, con la puerta principal dispuesta hacia el noroeste. Y, por fin, comenzaron las obras.

            Pero, como la felicidad es efímera y engañosa, la suerte le volvió la espalda a Ribadeo. Después de tan exitoso comienzo, a partir de ahora se iban a suceder  una serie de problemas y dificultades que impedirían llevar a buen puerto el proyecto. A partir de los primeros pasos de la construcción empezaron a llover las quejas, disensiones y reclamaciones sobre la forma de ejecutar los trabajos. El día 1 de septiembre los diputados del común se quejaron ante el alcalde de que no se estaban cumpliendo las condiciones de la contrata impuestas por el arquitecto Machuca, autor de los planos. Se quejaron, entre otras cosas, de que la cimentación estaba siendo mal ejecutada, pues la anchura de los cimientos no era la adecuada ni se estaba utilizando en las mezclas la arena de Dompiñor, tal como se había acordado en el pliego de condiciones. El alcalde dio cuenta inmediata de esta queja al arquitecto Ferro Caaveiro, para que informase al concejo sobre la veracidad de esta denuncia.

            Y mientras la construcción continuaba a ritmo muy lento, los desencuentros entre el concejo y el contratista y el arquitecto se sucedieron hasta que, finalmente, fueron despedidos de la obra y denunciados ante Consejo Real que los condenó a devolver lo percibido.

            Escarmentado el concejo, optó ahora por seguir la recomendación de Machuca. Contrató al arquitecto Diego de Ochoca para la dirección de la obra y a los aparejadores Vidal y Touriño, quienes empezaron por derribar lo construido y reforzar los cimientos para empezar de nuevo la construcción.

            Pero las obras seguían a ritmo muy lento. En su visita pastoral a Ribadeo, en el año 1803, el obispo D. Andrés Aguiar y Caamaño se quejaba del notable retraso de las mismas, pues la obra sobresalía aún muy poco de los cimientos y, “debido a su magnificencia, la ostentación de la planta, la seguridad y el buen aspecto de su arquitectura, necesita de algunos empujones para poder llevarla a buen término en el espacio previsto”. 
            Pero los próximos acontecimientos jugaron en contra de la Colegiata y de Ribadeo. El año 1808 significó el final de tan ambicionado proyecto. Un proyecto al que, tanto el concejo como los vecinos de la villa, se habían entregado con ilusión y trabajo durante más de 20 años. Un proyecto que tantos sueños e ilusiones alimentó entre las gentes de Ribadeo y que le supuso grandes sacrificios económicos durante los 45 largos años que duró el impuesto dedicado a las obras. Un proyecto que, según reconocían arquitectos y obispos, hoy hubiera significado para Ribadeo gozar de uno de los mejores templos de Galicia, con rango de Colegiata. Pero las tristes consecuencias que jugaron en su contra, derivadas de la guerra contra los franceses, fueron decisivas. Los recursos económicos concedidos por la corona, que generaban los impuestos destinados a las obras de la Colegiata, fueron reclamados por los dos bandos en lucha para hacer frente a los gastos de la guerra. Y las arcas municipales quedaron exhaustas.

            En la visita pastoral que en el año 1831 hizo a Ribadeo el obispo D. Francisco López Borricón, se quejaba de las condiciones en las que se estaba ejerciendo la vida parroquial en la pequeña capilla del Hospital y de la paralización de las obras del nuevo templo del que decía que la obra “estaba elevada 5 varas sobre sus cimientos, en paredes solidísimas y columnas de la mayor firmeza, todo sobre una planta verdaderamente grande y majestuosa”.

            Pero con el abandono del proyecto la obra fue finalmente derruida. Las piedras sobrantes fueron a parar a la torre del reloj, al cementerio, al muelle de Figueirua y hasta al ferrocarril de Vilaodrid. Pasado el tiempo, en su lucha por conservar los antiguos honores y privilegios que tenía la villa y en vista de que se le había suprimido el título de Real Colegiata, el concejo, en un último esfuerzo por recuperar su honor y su gloria pasada, acordó dirigirse a S. M., la reina Isabel II, en fecha 23 de septiembre de 1852, solicitando la restauración del título y cuatro racioneros dotados para la villa. Una petición que sería ignorada.

            Un gran proyecto que acabó en un estruendoso fracaso y cuya inversión había ascendido a la suma de 900.000 reales de vellón, aproximadamente, lo que significó una enorme sangría para la villa, que tanto luchó, se esforzó y se desangró durante 45 años para tener una iglesia digna heredera y representativa de sus antiguos años de esplendor. 

            Y es así como, después de tan variopintas y desafortunadas vicisitudes por las que pasó la obra de la Colegiata, acabaron esfumándose todos los sueños e ilusiones que tenían las fuerzas sociales y políticas del Ribadeo de entonces. Una historia, brevemente contada, que refleja todo el empeño que Ribadeo había puesto en conservar la Colegiata, como testimonio de los honores y las grandezas pasadas y de haber tenido una sede episcopal. Una esperanza truncada por causa de una guerra que acabó con sus esfuerzos y aspiraciones y se convirtió en uno de los mayores fracasos que la villa haya tenido en toda su larga historia, que no fueron pocos.- José Mª Rodríguez

                       


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