S?bado, 25 de julio de 2009

SAN ESTABEN DE PAG?

          La lectura de un documento medieval, del año 1124, que cita y sitúa las ermitas de San Esteban de Aguas Santas y de San Esteban de Pagadi en esta comarca, despertó mi curiosidad por conocer su antigua ubicación. 
          Por lo que toca a la segunda, la de San Esteban de Pagadi, tuve la suerte de contar con la amable ayuda de mi amigo Francisco José Campos Dorado, Pancho para los amigos, persona muy interesada por la recuperación de nuestra historia local, que hace unos días me condujo hasta ella. Y allí, con la inestimable ayuda de su ilustrada guardiana, Nélida, pude acceder a su interior y ver cumplidos mis deseos de contemplarla por dentro. Esta ermita se encuentra situada en el barrio de A Barranca, perteneciente a San Miguel de Reinante, en Barreiros. Un hermoso y tranquilo paraje, en las estribaciones de la sierra formada por el monte Comado.

            Se trata de una pequeña, pero hermosa y bien cuidada capilla, de planta rectangular, con cubierta a dos aguas y a cuatro en su capilla mayor, coronada por una espadaña de un solo vano con su pequeña campana, con un pequeño pórtico o cabildo en la parte frontal que forma parte de la estructura y rematada en el presbiterio por un ábside de reducidas proporciones, separado por un arco toral del resto de la capilla. Su pequeño retablo neoclásico, alberga en su parte central una preciosa y antigua imagen del protomártir San Esteban, a su derecha otra imagen de madera de la Inmaculada no menos valiosa y antigua que la anterior y otra a su izquierda, no menos singular, que la veneración popular atribuye a San Rosendo, patrono de la diócesis de Mondoñedo. La imagen policromada de San Esteban, del siglo XVII, tiene escrita en la parte frontal de su dalmática la siguiente leyenda latina alusiva a su martirio: “Adhesit anima mea post te, quia caro mea lapidata est pro Deus meus. Stephanus vidit caelos apertos, vidit et introivit. Beatus homo cui caeli patebat. Ecce video caelos apertos et Jesum stantem a dextris virtutis Dei”. Completa la imaginería de este retablo un curioso crucifijo jansenista, colocado sobre el altar. Su carácter jansenista le viene dado por la verticalidad de los brazos clavados en la Cruz, formando un reducido espacio entre ambos, queriendo así expresar la tesis del protestante Jansenio que, apoyado en el Libro del Apocalipsis, defendía que el número de los que se salvaban era muy reducido. Completa su imaginería una Virgen del Carmen y un busto del Santo Cristo de Limpias, ambas imágenes colocadas en los laterales de la ermita.

            La ermita que hoy admiramos es, sin duda, la reconstrucción de otra muy anterior en el tiempo, de cuya existencia ya hay constancia en el siglo XII, como veremos en los documentos citados más adelante. Descartada, pues, la antigüedad de la construcción actual, la primitiva ermita estaría ubicada, probablemente, en el mismo lugar que la actual, como demuestra el hecho de que aparecieran restos de enterramientos en sus proximidades, según me manifestaron los propietarios de esos terrenos.

            Las palabras rituales que se usan en la imposición de la imagen del santo a los devotos que allí acuden en romería son las siguientes: San Esteban de Pagá /  que che quite a enfermedá / e che día a sanidá / polo poder que Deus ten /  e a Virxen María. Amén”.

            Pero no es de la imagen de San Esteban ni de su capilla de lo que me propongo tratar en este artículo, sino del apelativo ‘Pagá’ que identifica la ermita.

            Temo no equivocarme al afirmar que la gente se preguntaría extrañada muchas veces sobre el misterioso significado del apelativo “Pagá” que acompaña al nombre del santo titular de la ermita. Una palabra fosilizada por el paso del tiempo, sin significado aparente, sin relación con el vocabulario usual de la zona ni vínculo aparente con el nombre de San Esteban. En busca de una necesaria explicación no faltaron en el imaginario popular diversas versiones interpretativas sobre su significado. Una de ellas hace mención, según me explicó la amable guardiana de la ermita, al nombre de un campo de castaños que había en las proximidades, llamado As Pagás. Efectivamente, se utiliza la palabra ‘pagano’ o ‘pagá’ para referirnos con ella a una persona sin ‘cristianar’, es decir, ‘sin bautizar’. Una palabra que se trasladó al mundo de los árboles para definir como ‘pagano’ o ‘pagao’ o ‘pagá’ a un castaño joven, que aún no ha sido injertado. Un término que luego fue utilizado, también, en algunos lugares para designar cierto tipo de castaña temprana. El castaño era un árbol muy apreciado en tiempos pasados, pues su fruto constituía uno de los alimentos básicos indispensables de nuestros antepasados, antes de la introducción de la patata. Pero para que diera su fruto tenía que estar injertado. En caso contrario, al igual que a las personas que no estaban bautizadas, se le llamaba ‘pagano’. Suprimida de esta palabra la -n- intervocálica, cosa frecuente en gallego, como ‘mano/mau o hermana/irmá, se formó la palabra ‘pagao’, cuyo hiato finalmente se redujo a ‘-a’, quedando en gallego ‘pagá’. El diccionario de X.L. Franco Grande define ‘Pagá’ como “Vástago o renuevo de un castaño”. Y así, no es raro encontrar en algunas partes de Galicia, ciertas parcelas de terreno denominadas As Pagás, como ocurre en el caso que nos ocupa o en Sante, en el concejo de Trabada e incluso en la vecina Valboa en donde se encuentra este topónimo bajo la forma diminutiva de ‘A Pagaíña’. Nombres todos ellos relacionados con la fitotoponimia que cumplen así con el principio de motivación objetiva Pero ninguna de estas atribuciones populares, muy respetables por otra parte, tiene suficiente entidad en nuestro caso para ser mínimamente creíble. Sobre todo cuando, como ocurre en este caso, los testimonios documentales lo desmienten claramente. Y aquí cabe aplicar aquel dicho gallego de que ‘donde letras falan, barbas calan’. Sabido es que hay cierta tendencia en la gente a pensar que los nombres evolucionaron fonéticamente de una forma caótica y caprichosa. Por eso creen algunos que basta con encontrar cierto parecido fonético entre dos palabras para establecer, sin más, una relación entre ellas y hasta a atribuirle un mismo origen etimológico. Nada más lejos de la realidad, como veremos.

             El origen etimológico y la explicación del significado de este apelativo se encuentra en los documentos medievales que hacen alusión a esta ermita, entre los que cabe destacar especialmente dos que se hallan en el Archivo Catedralicio de Mondoñedo y publicados por el archivero E. Cal Pardo en Colección Diplomática.

            En el primero, del año 1124, el rey Alfonso VII, junto con su madre doña Urraca, hace una composición entre el obispo de Mondoñedo don Nuño Alfonso y su iglesia, por una parte, y el conde don Rodrigo Vélaz, por la otra, precisando las parroquias pertenecientes a uno y a otro. En ese documento se citan, entre otras, las ermitas de San Esteban de Pagadi y de San Esteban de Aguas Santas: “… Et infra ipsos terminos inter Euue et Masme deuenerunt in particione sedis sanctus Iacobus de Regnanti, sanctus Michael de Uillaplana sanctus Petrus de Uillaplana sanctus Cosmedi sanctus Uincencius de Couelas sancta Maria de Citofacta sanctus Iulianus de Cauarcus sanctus Iustus  sancta Christina de Cellario et duas hermidas sanctus Stephanus de Pagadi et sanctus Stephanus de Aquis Sanctis”.

            En el segundo documento, del año 1290, por el que el obispo don Álvaro y el cabildo privan de todos los honores eclesiásticos a García Sánchez de las Riberas de Miranda por haber dado muerte a Lopez Alonso, defensor y comendador de la iglesia, se lee: “…Damus etiam et concedimos eidem… et heremitagium sancti Stephani de Pagade cum pertinenciis et directuris que…”.

            La forma ‘Pagadi’ que aparece en el primer documento nos habla claramente de que estamos ante un genitivo de posesor, es decir, un nombre de persona, que indica que la ermita de San Esteban era propiedad de una persona llamada ‘Pacatus’, en genitivo ‘pacati’. Un nombre bastante frecuente en latín y conservado en la documentación medieval. ‘Pacatus’ es un adjetivo latino que proviene del participio del verbo latino ‘paco’ ‘pacificar, poner en paz’. Un nombre compuesto de dos elementos: la raíz ‘pax’ ‘paz’ y la posposición o sufijo de plenitud añadido ‘-atus’ ‘lleno de paz’. Un adjetivo sustantivado que se emplea para referirse con el a una persona ‘llena de paz, tranquila o apaciguada’.

            En el segundo documento citado, obedeciendo a las leyes de la evolución de la lengua, aparece ya bajo la forma de ‘Pagade’. Un fenómeno de relajación por el que la ‘-i’ final evoluciona a ‘-e’.

            El siguiente proceso de evolución de esta palabra sigue ahora su paso normal. La -c- de ‘pacatus se suavizó en -g-, como ‘amicus en ‘amigo’ o ‘sacratus en ‘sagrado’, y la -t- intervocálica de ‘-atus se sonoriza convirtiéndose en -d-, como ‘arboratus se convirtió en ‘arbolado’ o ‘amatus’ en ‘amado’. Fue así cómo ‘Pacati’ quedó convertido en ‘Pagadi’.

            De aquí hasta llegar a la forma actual de Pagá no hay más que un paso. La normal desaparición de la -d- intervocálica de ‘Pagade’, forma que aparece en el segundo documento, nos da la forma ‘Pagae’, como ‘radicem se convierte en ‘raíz’ o ‘cadere en ‘caer’. Y finalmente, por reducción del hiato -ae, desaparece la -e en la relajada pronunciación popular, quedando finalmente la forma ‘Pagá’. Nada que ver, pues, con las atribuciones populares relacionadas con el castaño o con  cualquier otro significado. El apelativo Pagá es, pues, el nombre del propietario fundador de la ermita.

            No voy a ocuparme de la ermita de San Esteban de Augas Santas, citada en segundo lugar en el primer documento, que podría referirse, o bien a la ermita de San Esteban do Ermo, en el concejo de Barreiros, o bien a una, hoy desaparecida por los implacables efectos del paso del tiempo, de la que sólo quedó como herencia, sin duda, el nombre de la playa de Augas Santas, llamada hoy de “las Catedrales”, lo que hace suponer que tuvo que estar situada en sus proximidades. La toponimia juega a favor de esta última hipótesis, a expensas de ulteriores investigaciones sobre este extremo.
            

            Sabido es que son muchos los nombres de nuestra comarca, como Cinxe, Vilaframil, Vilaselán y otros, que llevan el nombre de un propietario. Nombres que tienen su origen en la alta Edad Media – algunos incluso en la época romana – y que responden al carácter rural de las propiedades que designan, como pequeñas granjas o casas de campo, esto es “villae, villares, casales” o, como en este caso, “ermida”. El hecho de que muchos de estos nombres, como es el caso de nuestro Pagá, nos resulten hoy completamente opacos y fosilizados se debe a que aluden a unos primitivos propietarios, muchos de cuyos nombres han caído hoy en desuso y, por lo tanto, resultan incomprensibles.

            Y esto es lo que pasó con este topónimo que, gracias a estar referido a un elemento permanente, como es una ermita, no corrió el riesgo de perderse para siempre como pasó con muchos otros topónimos, sobre todo, cuando se refieren a caminos, fincas de cultivo y otros lugares hoy prácticamente abandonados. Un fenómeno nuevo de desaparición debido a la despoblación y a los cambios en la producción a los que el mundo rural se ve sometido en estos últimos años que ya empieza a afectar, incluso, a nombres de aldeas y pequeños núcleos de población abandonados.- José Mª Rodríguez

 

 

 

 

 

 

 

 

 

            Es el primero un extenso documento del año 1124, conservado en el Archivo Catedralicio de Mondoñedo y publicado por el archivero E. Cal Pardo en su Colección Diplomática. En el citado documento el rey Alfonso VII, junto con su madre doña Urraca, hace una composición entre el obispo de Mondoñedo don Nuño Alfonso y su iglesia, por una parte, y el conde don Rodrigo Vélaz, por la otra, precisando las parroquias pertenecientes a uno y a otro. En ese extenso documento se citan, entre otras muchas iglesias y propiedades, las ermitas de San Esteban de Pagadi y de San Esteban de Aguas Santas: “…Et infra ipsos terminos inter Euue et Masme deuenerunt in particione sedis sanctus Iacobus de Regnanti, sanctus Michael de Uillaplana sanctus Petrus de Uillaplana sanctus Cosmedi sanctus Uincencius de Couelas sancta Maria de Citofacta sanctus Iulianus de Cauarcos sanctus Iustus sancta Christina de Cellario et duas hermidas sanctus Stephanus de Pagadi et sanctus Stephanus de Aquis Sanctis. No voy a ocuparme de la ermita de San Esteban de Augas Santas, citada en segundo lugar, que podría referirse, o bien a la ermita de San Esteban do Ermo, en el concejo de Barreiros, o bien a una, hoy desaparecida por los implacables efectos del paso del tiempo, de la que sólo quedó como herencia, sin duda, el nombre de la playa de Augas Santas, llamada hoy de “las Catedrales”, lo que hace suponer que tuvo que estar situada en sus proximidades. La toponimia juega a favor de esta última hipótesis. En todo caso, futuras investigaciones podrán esclarecer este extremo.                                                                       Es la mencionada en primer lugar en el citado documento la que nos descubre el origen etimológico y la explicación del apelativo que llegó hasta nuestros días bajo la forma de “Pagá”. La forma “Pagadi que se emplea en el documento se deriva, sin duda, de la palabra latina Pacatus’ un nombre o sobrenombre de persona, bastante frecuente en latín y conservado en la documentación medieval. ‘Pacatus’ es un adjetivo latino que proviene del participio del verbo latino ‘paco’, ‘pacificar’, ‘poner en paz’. De este verbo se deriva, asimismo, el verbo español ‘pagar’, porque, como suele decirse, el que paga queda en paz. El nombre ‘Pacatus se compone de dos elementos: la raíz ‘pax’, ‘paz’ y la posposición o sufijo de plenitud añadido ‘-atus’, ‘-ado’, formando así la palabra ‘pacatus’. Es así como este adjetivo latino, ‘pacatus’, se empleaba para referirse a una persona ‘llena de paz, apaciguada o tranquila’. En su evolución desde el latín al romance esta palabra siguió su curso normal, evolucionando a ‘Pagade’, tal como aparece años más tarde en un documento del año 1290, por el que el obispo don Álvaro y el cabildo privan de todos los honores eclesiásticos a García Sánchez de las Riberas de Miranda por haber dado muerte a Lope Alonso, defensor y comendador de la iglesia. Dice así el documento: “…Damas Etim. et concedimos ídem … et heremitagium sancti Stephani de Pagade cum pertinenciis et directuris que…” La -c- de ‘pacatus se suavizó en -g-, como ‘amicus en ‘amigo’ o ‘sacratus en ‘sagrado’, y la -t- intervocálica de ‘-atus se sonoriza convirtiéndose en -d-, como ‘arboratus se convirtió en ‘arbolado’ o ‘amatus’ en ‘amado’.

            Estamos, pues, ante un caso claro de un genitivo de posesor, nombre de persona, que indica que la ermita de San Esteban le pertenecía a una persona llamada ‘Pacatus’, en genitivo ‘Pacati’, que luego evolucionó a ‘Pagadi’ y más tarde a ‘Pagade’, es decir, ‘hombre de paz’, probablemente el fundador de la ermita. De aquí hasta llegar al nombre actual de Pagá no hay más que un paso. La normal desaparición de la -d- intervocálica de ‘Pagadi’ nos da la forma ‘Pagai’ o ‘Pagae’, como ‘radicem se convierte en ‘raíz’ o ‘cadere en ‘caer’. Y finalmente, por reducción del hiato -ae final, desaparece la -e en la pronunciación popular, quedando finalmente la forma ‘Pagá’. Nada que ver, pues, con las atribuciones populares relacionadas con el castaño o con  cualquier otro significado. Pagá se deriva, pues, del nombre del propietario de la ermita.

            Sabido es que son muchos los nombres de nuestra comarca, como Cinxe, Vilaframil, Vilaselán y otros, que llevan el nombre de un propietario. Nombres que tienen su origen en la alta Edad Media – algunos incluso en la época romana – y que responden al carácter rural de las propiedades que designan, como pequeñas granjas o casas de campo, esto es “villae, villares, casales” o, como en este caso, “ermida”. El hecho de que muchos de estos nombres, como es el caso de nuestro Pagá, nos resulten hoy completamente opacos y fosilizados se debe a que aluden a unos primitivos propietarios, muchos de cuyos nombres han caído hoy en desuso y, por lo tanto, resultan incomprensibles.

            Y esto es lo que pasó con este topónimo que, gracias a estar referido a un elemento permanente, como es una ermita, no corrió el riesgo de perderse para siempre como pasó con muchos otros topónimos, sobre todo, cuando se refieren a caminos, fincas de cultivo y otros lugares hoy prácticamente abandonados. Un fenómeno nuevo de desaparición debido a la despoblación y a los cambios en la producción a los que el mundo rural se ve sometido en estos últimos años que ya empieza a afectar, incluso, a nombres de aldeas y pequeños núcleos de población abandonados.- José Mª Rodríguez

 

 

 

 

 

 

 


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