Viernes, 15 de enero de 2010

LA DEGRADACI?N DE LA VIDA POL?TICA

           Los signos de los tiempos cambian con el correr de los años. Desde el inicio de la democracia, se ha ido gradualmente instalando en nuestro país una nueva clase social antes desconocida. Son los profesionales de la política. Gente que convierte la política en la profesión de su vida. Una nueva clase política que, al contrario de la que tuvimos en los inicios de la democracia que pasó de las cárceles a la moqueta, pasa hoy de la moqueta a las cárceles. Su lucha por la permanencia en los cargos y en el poder lleva a muchos de ellos a actuar con total desprecio a los intereses de los ciudadanos, a los principios éticos que hasta ahora regularon la vida de la sociedad y a las normas que deben marcar el funcionamiento de una administración pública sana y honesta. Y en este veloz proceso de degradación de estos últimos años, la clase política se va haciendo cada vez más corrupta y más inmune al sentido de lo moral y de lo ético hasta el punto de justificar su conducta con la frase de que “yo también robo, pero menos que tu”. Justifican sus maniobras y decisiones amparándose siempre en el número de votos que los avalan, ignorando que la ética y la moralidad de los actos no dependen de las cuotas de adhesión que puedan tener. Sin miedo al qué dirán, se pasan por alto todo tipo de escrúpulos para hacer cada uno, impunemente, lo que conviene a sus intereses personales o partidistas, incumpliendo las normas que hasta ahora eran consideradas inviolables en la administración de lo público. ¿Qué otra cosa es, si no, el denigrante espectáculo de corrupción instalado en todo el espectro de los partidos al que estamos asistiendo en estos últimos tiempos? Una corrupción que, al igual que un moderno Don Juan, recorre toda la escala social, desde los más pequeños concejos hasta las más elevadas instancias del Estado, pasando por las Diputaciones y las Autonomías. ¿Hasta cuándo estará el pueblo dispuesto a soportar tamaño cinismo por parte de esta nueva generación de caciques? ¿Y por qué se callan las bases de los partidos y asisten impasibles a estos escándalos? ¿Por qué los partidos amparan a estos profesionales de la política que dedican su vida a vivir de los recursos públicos en vez de dedicarse al servicio de los ciudadanos y a fomentar su seguridad, su educación y su bienestar?                 Esta sucesión de abusos y de corrupción a los que se está asistiendo últimamente en el mundo de la política es suficientemente acreditativa de la forma de actuar de los partidos, constituidos en oligarquías que utilizan al pueblo para sus fines en vez de dedicarse a servirlo. Una actuación perversa que, aunque no es general, es lo suficientemente amplia y reiterativa para que llegue a preocupar a la base social. La densidad de la corrupción es ya tan elevada que contamina a la sociedad por completo, constituyendo el mayor obstáculo para la regeneración económica, social, cultural y política de España. Naturalmente que habrá excepciones. Pero, frente a las posibles excepciones, sigue siendo verdad aquel adagio latino que dice: “Non sequitur stiencia ex particularibus”. Ahí está, por ejemplo, esa moda en la que dieron ahora los políticos de última generación, apóstoles del progresismo que, mientras el pueblo, empujado por la crisis, pierde el trabajo, cierra los negocios y engrosa las filas del paro, se dedican a engordar las administraciones estatales, autonómicas y locales, practicando una política de nepotismo dedicada a colocar a sus amistades, simpatizantes y paniaguados mientras los ciudadanos se hacen cargo de sus enormes sueldos sin que ello signifique mejores servicios y dedicados a la dolce vita, disfrutando de grandes nóminas y manejando millones, encerrados en sus lujosos despachos o viajando en sus flamantes coches blindados de alto standing a costa de nuestros impuestos y dotándose de escandalosas retribuciones suplementarias, mientras el pueblo se hunde cada vez más en la miseria. Vean, sino, los escándalos de cohecho y malversación con que nos desayunamos todos los días leyendo la prensa o viendo la TV. 
           Estos hechos corruptos, que de tanto repetirse eran hasta ahora aceptados con total normalidad por el pueblo, sin que nadie se sonrojara por ello ni cuestionase su moralidad, empiezan a convertirse ahora en el grito de protesta de un pueblo que, harto de tanta suciedad, los condena con sus votos o les da la espalda, como pasó recientemente en Galicia. Casos que nos hablan de la pérdida de sensibilidad y de escrúpulos de los políticos gobernantes cuando tratan de aprovecharse de situaciones y circunstancias contrarias a la ética más elemental en beneficio de los partidos y de ciertas personas que en ellos militan.
           Ante la progresiva corrupción que anida en el actual sistema político español y que afecta sobre todo a los dos grandes partidos, tanto al PP como al PSOE, los principales ejes en torno a los que gira la política española, uno se pregunta: ¿tiene remedio esta situación? La profunda separación y falta de sintonía entre la base social y la clase política, cada vez más corrupta y con menos clase, hace difícil esperar que las cosas mejoren. Y no mejorarán mientras no se cambie la ley electoral y se dote al sistema de los resortes necesarios para castigar a los culpables. Es hora de que el pueblo ponga freno a las sanguijuelas que le chupan la sangre y se disponga a mandar al infierno a todos los corruptos que se le pongan a tiro. Es hora de que el pueblo empiece ya a madurar y a tomar conciencia de quien es el que ostenta el poder en democracia y se decida a pedir cuentas a los arrogantes políticos para que respondan de las fechorías cometidas desde la partitocracia que nos gobierna. Hastiados de tanta podredumbre política que, como dijo recientemente un gran analista gallego, “está viviendo días de dramático descrédito”, tal vez estén llegando nuevos tiempos de luz y de esperanza para una nueva sociedad verdaderamente democrática donde la mentira, el engaño y la corrupción no tengan cabida y se imponga el sentido común. El cambio de la Ley Electoral, condición indispensable para acabar con la corrupción del sistema, empieza ya a ser un clamor popular que debiera encontrar su eco en el 2010. Una nueva Ley Electoral en la que los ciudadanos tengan más protagonismo en la vida política a costa de los omnipotentes partidos.- José Mª Rodríguez                                                                                                               

           


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