Viernes, 12 de febrero de 2010

EL PUEBLO DE RIBADEO Y SU CONCEJO

            La distancia que separa al pueblo de Ribadeo de su órgano de gestión, el concejo, es en mi opinión cada vez más profunda y mayor. Mientras el pueblo vive preocupado por la difícil supervivencia diaria y enfrascado en su lucha por el trabajo, los negocios, la vida y la familia, dando la espalda a su concejo y a lo que se allí cuece, el concejo vive su propia historia de espaldas al pueblo, ocupado en sus intrigas internas a las que ni el chantaje es ajeno y convertido en un órgano de manipulación de los intereses personales de los políticos de turno y de los propios funcionarios a costa de los sufridos vecinos. Allí se hace y deshace y se toman decisiones ignorando a los ciudadanos que con sus impuestos aportan el dinero para que los trabajadores gestionen lo público con honestidad, austeridad y limpieza. Una situación en la que ambas partes se sienten felices y a sus anchas ignorándose mutuamente: el pueblo ignorando al concejo y el concejo desdeñando al pueblo. Y así, amparados en su condición legal de representantes del pueblo los unos, y los otros en su condición de personas privadas y despreocupadas por lo público, propician el caos en que vive la administración local de Ribadeo.

            Así ha sido desde hace ya muchos años y así sigue siendo en la actualidad. El pueblo a trabajar y los representantes del pueblo a disfrutar a su costa. Estos días andan otra vez enfrascados a vueltas con el convenio. Parece que no quedaron satisfechos con los acuerdos tomados en el convenio anterior, que sirvió para que algunos se dotaran de sueldos escándalos. Ahora se disponen a corregir al alza las discriminaciones producidas entonces.

            ¡Y quién lo diría! Según nos cuentan los medios de comunicación, el alcalde, que presumiendo de ética y de sentido común se opuso al escandaloso convenio anterior, se encuentra ahora asumiendo el mismo generoso papel que otrora desempeñara su ex socio de gobierno del pasado mandato. Quantum mutatus ab illo!, que dijo el poeta Virgilio. El que en aquella memorable ocasión se opusiera a las escandalosas nóminas otorgadas por el funesto alcalde anterior, parece que se erige ahora en protagonista de un nuevo y escandaloso convenio. Un convenio en el que, según se comenta, no faltan ni los chantajes ni las concesiones bajo el eufemismo de cambio de categorías profesionales a favor de algunos con aumentos salarias de hasta 12.000 euros. Y, por si esto no fuera bastante, con el añadido del aumento injustificado de la plantilla municipal. Todo esto está ocurriendo en estos tiempos de crisis, cuando toda la sociedad ribadense y española se sitúa en la línea de la contención y del ahorro, en unos momentos en los que todas las personas sensatas se proponen reducir los elevados salarios en muchos estamentos y hasta la reducción de plantillas en otros.

             El PP, por su parte y según se comenta en la calle, para apoyar las pretensiones del BNG a quien se le acusa de pretender colocar y consolidar a sus amigos y afines a costa de aumentar la plantilla, parece que exige la promoción profesional y con ella el sueldo de sus propios recomendados. Es decir, la política del do ut des. Una actuación que da por resultado el aumento de personal en el concejo y un mayor gasto en las retribuciones de los funcionarios. Y el alcalde trata de justificar su postura ante la opinión pública diciendo que los aumentos salariales sólo se otorgarán si ello implica aumento de productividad. Una falacia que a nadie convence y menos a mí que, entre otras cosas, antes de fraile fui cocinero. El alcalde pretende así justamente lo mismo que pretendía un concejo vecino al conceder un plus salarial a aquellos funcionarios que entraran a su hora en el trabajo. ¡Hasta dónde hemos llegado! El problema económico que tiene el concejo no se resuelve creando más puestos de trabajo, sino rentabilizando los que hay actualmente y optimizando los recursos con una buena planificación. Ni la discriminación que sufren ciertos funcionarios se corrige subiendo los sueldos de algunos, sino bajando los demasiado elevados de otros. Y si las cosas no se resuelven por este camino que no olvide el alcalde que aunque el pueblo se calla, supongo que no le caerán en saco roto estos abusos y sabrá tomar buena nota de ellos, como hizo en situaciones anteriores similares a esta.

            Y con todo esto que está pasando en nuestro concejo y en estos tiempos de crisis cuando toda la sociedad se sitúa en la línea de la contención y del ahorro, procurando estabilizar y contener los salarios, cuando no disminuirlos, el alcalde opta por el alegre camino de la subida escandalosa de los salarios en vez de buscar la homogeneidad entre ellos reduciendo los exagerados sueldos del convenio anterior. Aprenda de lo que está haciendo el ministro de Fomento con el estamento de los controladores aéreos. Unos sueldos los del concejo de Ribadeo de los que el propio informe de la USC, que no es ningún monumento a la sensatez ni a la austeridad propia de un tiempo de crisis, dice que están “sobredimensionados”. En mi opinión estamos ante un concejo que camina derecho hacia su ruina total, sin que a nadie le importe. No les importa a los políticos ni a los funcionarios porque lo que pretenden es salvar su situación personal a costa de los impuestos de los vecinos. No le importa al pueblo porque en su profunda apatía política y su escaso sentido de lo social pasa de todo pensando que eso no es cosa nostra.

            ¿Tiene remedio esta situación? No lo parece, salvo que alguien, desde otras esferas, se decida a proclamar una verdadera reconversión de nuestros concejos. Pues lo que está pasando en Ribadeo no es más que un fiel reflejo de lo que está pasando en las demás instituciones del Estado con su inflado número de funcionarios y asesores, la duplicidad de funciones con las autonomías, el sostenimiento de ciertos ministerios y otros entes vacíos de contenido, las subvenciones a los sindicatos disfrazadas de programas de Formación Profesional, el derroche en el gasto público, etc. etc. – José Mª Rodríguez


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