Viernes, 14 de octubre de 2011

CORBATAS FUERA. EMPIEZA LA CAMPAÑA ELECTORAL

            El 20 de noviembre, es la fecha de las elecciones generales a las Cortes, de donde  saldrá el nuevo gobierno de la nación. Y una vez más, la partitocracia que nos gobierna, ese sistema político al amparo del que viven instalados de por vida muchos españoles a costa del sudor de los otros, intentará meternos gato por liebre invitándonos a votar ese día, pretendiendo meternos gato por liebre al vendernos como democracia lo que no es otra cosa más que una dictadura de partidos. Una dictadura de partidos que, en una sucesiva alternancia de poder, gobierna esta nación desde hace más de treinta años, utilizando para ello la minoría de edad política del pueblo español. Su verdadero objetivo es utilizar nuestro voto para convertirse, una vez más, en nuestros amos, y a nosotros en sus siervos, sometidos a sus intereses personales. Ese día, y como han hecho siempre, nos pedirán un cheque en blanco para poder someter al pueblo español, durante los próximos cuatro años, al férreo control de la cúpula del grupo político que resulte ganador en las elecciones.

             Es evidente que quienes son elegidos por las cúpulas de sus partidos para representar al pueblo en eso que insólitamente llaman Cámaras de representación popular son a sus partidos políticos a quienes representan por haberlos elegido, no al pueblo que sólo los vota. Así, el control al que los elegidos, diputados y senadores, deberían estar sometidos durante su representación no podrá ser ejercido por los ciudadanos a quienes dicen representar, sino por  la oligarquía del partido que los ha puesto en sus listas y que les exige lealtad a sus objetivos, intereses y fines. Y una vez más, pasado el día de las elecciones, el pueblo, a quien se esfuerzan en repetir que representan, estará ausente en la toma de decisiones, sin siquiera poder ejercer ningún control sobre ellos, ni pedir responsabilidades sobre sus actitudes corruptas o equivocadas actuaciones, ni tampoco poder retirarles la representación cuando no cumplan con los compromisos adquiridos con el pueblo en sus programas. Porque aquí, como en todo, quien paga, manda. Y si quien manda y paga y los pone en sus listas es un partido, a quien han de obedecer los diputados elegidos es al partido que los pone y los quita de las listas a su conveniencia y no al pueblo que sólo los confirma con su voto un día cada cuatro años. ¿En dónde está, pues, la representación, requisito indispensable de una verdadera democracia? Como dice Lorenzo Abadía en su libro Mando a Distancia, “una sociedad cuyo sistema político permite y fomenta que su clase dirigente viva al margen del ciudadano no puede ser democrática”. En un sistema podrido la verdadera democracia no se consigue sustituyendo a las personas. Sólo se consigue modificando el sistema.

            Y es así como la tan enfáticamente llamada democracia española, aun gozando de pluralismo político, partidos políticos, sufragio universal, voto secreto, elecciones periódicas y mandatos temporales, carece de los demás requisitos básicos y esenciales exigibles a una democracia real: no existe separación de poderes; la ley no es igual para todos; las litas electorales no son libres, sino impuestas por los partidos; la mayoría de los medios de comunicación, esclavos de los partidos, carecen de libertad para ejercer el control sobre el poder; la ausencia de control directo del ciudadano facilita la corrupción de la clase política y su obscena impunidad; pero, sobre todo, carece de representatividad real y de control de los representados sobre sus representantes, sujetos como están éstos al mandato imperativo, no del pueblo, sino de de las cúpulas de sus partidos. Por lo que se pude afirmar que, siendo las condiciones para una verdadera democracia todas las que están, no están todas las que son. Pues una verdadera democracia es aquella que permite a los ciudadanos participar, elegir, estar representados y poder controlar y destituir si es necesario a sus representantes y gobernantes. 

            La amarga realidad es que el único margen que la actual oligocracia le otorga al pueblo ese día es el voto. Es decir, sólo le otorga capacidad para confirmar o no las listas propuestas por los partidos mientras estén abiertas las urnas. Al cerrarse éstas, el pueblo retornará a su condición de esclavo de la clase política, sin ni siquiera poder intervenir directa o indirectamente y decidir sobre las grandes decisiones que condicionen su futuro y su vida. Ese día el pueblo cede su poder de decisión y renuncia a su libertad de elección a favor de la clase política que sólo obedece a los criterios e intereses de las cúpulas dirigentes de sus propios partidos. Estamos en una democracia con graves defectos de origen, que fue deteriorándose con el paso de los años. Y uno de ellos es que los parlamentarios son elegidos por la cúpula de sus partidos y no por el pueblo. Y una vez instalados en el parlamento, eligen a su jefe para la presidencia del gobierno, quien mediante la obediencia que impone el partido – recuerden el dicho de que “el que se mueva no sale en la foto” - impondrá al parlamento sus decisiones. Y no sólo al parlamento sino también al mismísimo poder judicial mediante el nombramiento de sus miembros por el parlamento. Un círculo vicioso de poder que empieza y acaba en el feje del ejecutivo, sin que el pueblo intervenga. Y si “demos” es pueblo y “cracía” es mando, quiere decir que democracia es el poder del pueblo. Pero en este sistema que nos imponen la palabra “demos” ha sido sustituida por “olígos” > pocos, pasando a formar la palabra oligocracia, es decir, gobierno ejercido por unos pocos, no por el pueblo. ¿Qué decir, entonces, de un sistema que mantiene al pueblo alejado del poder de decisión? ¿Es democrático?

            ¿Qué hacer, pues, ante las próximas elecciones del próximo día 20 de noviembre? Porque, en el actual sistema político, ir a votar equivale a confirmar dócilmente en el poder a unos amos y a sostener con nuestro voto y nuestros impuestos a una dictadura de partidos y de políticos profesionales que, careciendo de mandato imperativo del pueblo, no estarán obligados a representarlo ni a rendirle cuentas de su gestión, sino a tratarlo como esclavo y a utilizarlo en su beneficio. Ir a votar equivale a seguir alimentando a una clase política que vive permanentemente alimentándose de los fondos del Estado, unas veces en el gobierno y otras en la oposición. ¿Cómo se puede votar a una lista de candidatos a las Cámaras en cuya elección el pueblo no tuvo arte ni parte, ni le representan en la defensa de sus intereses, ni podrá ejercer control alguno sobre su gestión hasta dentro de otros cuatro años, ni en caso de mala gestión podrá impedir que vuelvan a presentarse y a ser elegidos en las próximas elecciones?

            Ante este panorama, tres opciones se nos presentan ese día: votar a un partido, votar en blanco o emitir voto nulo, o abstenerse de ir a votar. Votar a uno de los partidos significa apoyar a ese partido aceptando el defectuoso y corrupto sistema oligárquico actual y así seguir alimentando la partitocracia, es decir, la injusticia y el abuso. Votar en blanco o emitir voto nulo implica rechazar a todos los candidatos que se presentan, pero aceptar el sistema actual participando en el juego que consagra el poder de los partidos por encima de los ciudadanos. Abstenerse de ir a votar comporta, en cambio, no sólo el rechazo a todos los candidatos impuestos por los partidos, sino un rechazo, una repulsa y un desprecio ciudadano manifiesto al sistema partitocrátrico que nos gobierna. Pues votar a unos candidatos, que ni siquiera elegimos ni nos representan, mientras los otros pasan temporalmente a la oposición esperando su turno para volver, es una renuncia a nuestros derechos democráticos básicos. Elegir cualquiera de estas dos últimas opciones es un verdadero dilema, pues tiene sus partidarios y sus detractores. Quienes defienden el voto en blanco lo hacen como protesta electoral profunda a este sistema político, injusto y corrupto, sin tener que renunciar a su derecho al sufragio, una conquista que ha costado esfuerzo y sangre y que no pueda interpretarse como indiferencia política o desidia cívica ante la convocatoria electoral. Quienes defienden la abstención, entre los que figuran los defensores del Movimiento Ciudadano porla RepúblicaConstitucionalde García Trevijano, lo hacen como forma de protesta y rechazo más radical a participar mediante el voto en un sistema político que ha convertido ala Españaactual en una cloaca. Y no faltarán quienes, eligiendo el mal menor, como una salida de emergencia para poder superar estos graves tiempos de tribulación y de crisis, se decidirán por apoyar la primera opción, votando a un partido determinado. “O no”. Quienes así piensan no se dan cuenta de que prolongar la enfermedad del sistema no es la verdadera solución del problema. ¿Qué hacer, pues, el día de las elecciones? Como decía Pablo, el tarsiota: “Probet autem seipsum homo et sic de illo vivat!.

            La solución no pasa por sustituir a un amo por otro. No pasa por darles un cheque en blanco, autorizándolos a que puedan tomar en nuestro nombre y sin nuestro mandato cualquier decisión aún en contra del interés mayoritario del pueblo, como ocurrió hasta ahora y como pretenden seguir con esta reforma light dela Constitución, ya que para devolver al pueblo el poder y controlar el despilfarro y la corrupción de la clase política esta no es la reforma que necesitala Constitución. Unareforma, acordada en un solo día por las cúpulas de los partidos mayoritarios, que no es otra cosa más que un corte de mangas en toda regla a quienes están exigiendo un nuevo sistema político con más participación, representación y control ciudadano. Una Constitución a la que hasta ahora le han vetado otros cambios más apremiantes, como la reforma de la insostenible estructura del Estado de las autonomías, económica y políticamente inviable por insostenible y disgregante; la separación efectiva y real de los tres grandes poderes del Estado, con el consiguiente funcionamiento independiente del poder judicial y del legislativo, ambos vergonzosamente sometidos a la voluntad del ejecutivo, de tal suerte que la dependencia de los diputados de la voluntad de su líder traslada a éste, no sólo la libertad legislativa de aquellos, sino también el mismo nombramiento de los miembros del poder judicial, provocando así que, al igual que en otros regímenes pasados, el jefe del poder ejecutivo imponga sus decisiones, judiciales y legislativas, a los otros dos grandes poderes; y una nueva Ley Electoral, por poner sólo unos ejemplos. La solución pasa por cambiarla Constituciónadoptando un nuevo sistema para que en vez de amos tengamos auténticos representantes nuestros, bajo nuestro control directo y el control de las leyes y servidores de los ciudadanos, pues el actual modelo de la llamada democracia parlamentaria está agotado. Pasa por un cambio profundo enla Constituciónque supere las lagunas propias de la transición, ese mito que urge ya superar, en el que ciertos sectores políticos se blindaron a costa de los ciudadanos, y abordar otras muchas reformas destinadas a eliminar la corrupción y la dictadura de los partidos. En una palabra, pasa por exigir una nueva baraja que no tenga las cartas marcadas.

           


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