Viernes, 25 de noviembre de 2011

LOS INDIGNADOS DE SIQUÉM

            Érase un rey llamado Salomón que, para hacerse con el trono de Israel, mandó asesinar a su hermano Adonías, al que correspondían los derechos de sucesión al trono por su condición de primogénito. Este rey, que se había rodeado de una suntuosa corte de ministros, allegados y asesores, doncellas y servidores, vivía en un lujoso palacio recubierto de oro, rodeado de ostentación y boato. Su opulencia y riqueza era tal que su fama se había extendido hasta los más alejados reinos de su contorno. La opulenta reina de Saba, atraída por la fama de este poderoso monarca, se apresuró a ir a visitarlo a su reino, quedando deslumbrada por la suntuosidad de su palacio y la pompa que rodeaba su corte. “Y obsequió ella al rey – cuentala Biblia– con ciento y veinte talentos de oro, gran cantidad de perfumes y mucha especiería y piedras preciosas”. “Y el rey Salomón a su vez -continúa el texto sagrado- dio a la reina de Saba todo lo que a ella se le antojó y el rey con esplendidez le regaló”. Para justificar ante el pueblo la suntuosidad de su lujoso palacio, este rey inició en Jerusalén la construcción de un magnífico y grandioso templo a Jehová, obra en la que empleó como esclavos y mano de obra barata a los inmigrantes de su reino, mientras humillaba a su pueblo con una pesada e insoportable carga de impuestos.

            Pero las aspiraciones de este rey asesino, opulento y derrochador, no acababan aquí. En vez de hacer viviendas sociales para su pueblo, se dedicó a la edificación de grandes y magníficas obras costosas, tales como fortificaciones defensivas, cuarteles, espacios para avituallamiento, cuarenta mil caballos para sus carros de combate y doce mil para sus jinetes armados y hasta una gran flota de barcos para defender sus dominios.

            El volumen de gasto causado por el avituallamiento militar, el lujo, el derroche y los suntuosos dispendios de que se rodeaba se sufragó a costa del debilitamiento crónico del pueblo de Israel, gravado sin piedad ni misericordia con los impuestos recaudados por sus doce gobernadores para hacer frente a los enormes costes financieros de semejante desmadre.

            Pero estas actitudes abusivas del rey acabaron provocando un profundo eco de rebelión en el pueblo. Del cansancio popular y su descontento por los faustos y derroches del rey brotó un germen de sedición. Eran los indignados de Siquém, que se reunieron para protestar. Allí conminaron a Roboán, hijo de Salomón y nuevo candidato al trono, a que suavizara la presión impositiva ejercida por su padre sobre el pueblo. Pero Roboán los engaño diciendo: “Íos, y de aquí a tres días volved a mi”. Tres días era el tiempo que Roboán necesitaba para aconsejarse con sus allegados y asesores. Pero, pasados los tres días, la respuesta del rey no fue la que los indignados esperaban con tanta ilusión. Algunos de los más allegados al rey, que sólo aspiraban a alcanzar su estabilidad en el poder, le aconsejaron ceder a las demandas del pueblo para ganar tiempo y apoyos: “Entonces –dice el texto bíblico- el rey Roboán se reunió con los ancianos que habían estado con Salomón, su padre, y les dijo: ¿Cómo aconsejáis vosotros que responda a este pueblo? Y ellos le hablaron diciendo: Si tu condesciendes hoy con este pueblo y lo sirves y les respondes con buenas palabras, ellos serán siervos tuyos para siempre”. Otros “asesores”, en cambio, que no querían renunciar a su parte en el pastel proveniente de los impuestos, le plantearon el siguiente camino a seguir: “Así hablarás a tu pueblo: Mi padre agravó vuestro yugo y yo aumentaré vuestra carga; mi padre os castigó con azotes, y yo os castigaré con latigazos”. Pero la respuesta del pueblo a las palabras del rey no se hizo esperar. Cuando el rey envió al recaudador de los impuestos “…apedreole todo Israel -continúa el texto bíblico- y murió. Entonces el rey Roboán subió a un carro y huyó a Jerusalén”. Fue así como esta rebelión de los indignados de Siquém fue el principio del final de Roboán y de su reinado, que acabó desmembrado y dividido.

Leyenda o historia, así nos lo cuentala Biblia.Entodo caso, una certera premonición que se repetirá muchas veces a lo largo de los siglos hasta nuestros días. Mientras hoy los sueldos y las pensiones del pueblo son congelados y la gente se ve avocada a la miseria por los gravosos impuestos y demás cargas pesadas que encarecen la vida, los privilegios y prebendas de la clase política que nos gobierna, ajenos a la crisis que padece el pueblo, siguen intactos. El cambio agresivo que supone la crisis para los que sufren el desempleo masivo, la carestía de vida y la pobreza no ha alterado el comportamiento ofensivo y humillante de la clase política ni sus privilegios. Y al igual que Salomón y Roboán, la actual clase política, inmoral y corrupta, ajena a los problemas del pueblo, a la democracia y a la decencia, está cosechando el rechazo del pueblo. ¿Lograrán los actuales indignados de la moderna Siquém sus objetivos de justicia e igualdad? ¿O se habrá perdido, acaso, aquella capacidad de protesta que tuvieron los indignados de Siquém de hace ya dos mil novecientos años?

 

 

 

 

            .


Comentarios

Añadir un comentario