S?bado, 14 de abril de 2012

ANÓNIMOS Y SEUDÓNIMOS

            He aquí dos figuras bajo las cuales los autores de ciertos artículos o comentarios ocultan a menudo su identidad. Autores a veces incluso de obras de importancia universal,  que eligen el secreto de su identidad por razones diversas, como evitar, por ejemplo, la persecución por sus obras.

            Unos, ya sea por temor a represalias o por ambicionar un éxito que su propio nombre podría obstaculizar, suplantaban su propia personalidad utilizando en sus obras o escritos otro nombre como seudónimo o nombre falso. Ejemplos variados tenemos a lo largo de la historia de famosos y célebres autores de todos los géneros literarios, como Azorín o George Sand, que recurrieron a esta fórmula para ocultar su identidad.

            Otros, en cambio, se inclinaron por la utilización del anónimo, como sucedió en la antigüedad con muchas de las grandes obras de arte, tanto literarias, como musicales, pictóricas o escultóricas que han llegado a nuestros días y de las que ignoramos sus autores. Personas que, sintiéndose puros instrumentos transmisores de la inspiración divina, no osaron usurpar o suplantar con su firma una identidad que, según ellos creían, sólo le correspondía a la divinidad inspiradora. Ahí están, por ejemplo, todas esas magníficas y antiguas composiciones gregorianas que aún hoy se cantan en algunos monasterios dela IglesiaCatólicay cuyos autores se desconocen.

            Pero en estos últimos tiempos la utilización del anónimo discurre por derroteros bien distintos y menos nobles a los de la antigüedad. El frecuente uso que del anónimo se está haciendo en estos últimos tiempos implica, casi siempre, la idea de algo ofensivo y desagradable. Un recurso al que acuden y bajo el que ocultan su nombre ciertas personas que, “tamquam canis reversus ad vomitum suum”, pretenden damnificar a otros con sus emponzoñantes escritos difamatorios y acusadores. Todos recordamos como en tiempos no muy lejanos pululaban en ciertos medios escritos de esta comarca todo tipo de escritos anónimos injuriosos y ofensivos; comentarios que no se privaban, incluso, de acudir a la calumnia y a la injuria como arma destructiva de la fama de otras personas, proclamando así su verdadera calaña, según aquellas palabras que Cervantes ponía en boca de Don Quijote cuando, caminando junto al hidalgo don Diego de Miranda por los campos de Castilla, le aconsejaba sobre la educación de su hijo que, contra la voluntad de su padre, había elegido el campo de la poesía en vez del de las ciencias: “La pluma es la lengua del alma: cuales fueren los conceptos que en ella se engendraren, tales serán sus escritos”.  

            Buen ejemplo de esta perversa maldad es el lamentable caso al que hemos asistido recientemente  sobre una insidiosa acusación anónima hecha bajo la impunidad del anonimato ante el Juzgado de Instrucción nº 4 de Gijón contra un conocido político de esta comarca, el apreciado vecino de Ribadeo, D. Francisco Rivas Álvarez, con el consiguiente daño y perjuicio, no sólo para su fama y honor, sino también para su carrera política, pues ostentaba a la sazón el cargo de Director General de Medio Ambiente en el Principado de Asturias, cargo del que, en un modélico gesto de elegancia poco habitual en nuestros políticos, presentó su cese voluntario al instante de conocer la acusación anónima de que había sido objeto. Y, lo que no es de menor entidad, del sufrimiento que supuso esta falsa acusación para su familia, que se vio obligada a soportar y sufrir las consecuencias de este disgusto durante largos meses. Una acusación anónima, fruto de la cobardía, de la envidia y del odio de algún vil personaje, sin base real en los hechos que denunciaba, como quedó demostrado posteriormente por el sobreseimiento y archivo de las actuaciones judiciales practicadas por el Juzgado de Instrucción nº 2 de Oviedo. Y es de notar que para lograr tan perverso fin no dudó el denunciante anónimo en atreverse a vulnerar el derecho al secreto de las comunicaciones entrando en la intimidad del correo privado del denunciado, vulnerando así el derecho constitucional al honor, a la intimidad y a la propia imagen. La envidia, la rivalidad y el rencor no conocen fronteras en ciertas personas a la hora de perjudicar a los que creen sus enemigos o posibles competidores. Es de esperar que el tiempo, que todo lo aclara, ponga a cada uno en su sitio y castigue al culpable con todo el peso de la ley.

 

 

 

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