Domingo, 08 de noviembre de 2015

LA IGLESIA DE CEDOFEITA

           Los derroteros adversos y decadentes por los que camina la Iglesia Católica en estos últimos tiempos son bastante evidentes: falta de sacerdotes, parroquias sin cura, templos abandonados, escasa asistencia de fieles al culto y a los sacramentos, divulgación de graves casos de escándalo y corrupción en altos niveles de la jerarquía así como en algunos sacerdotes acusados de pederastia, etc, etc. En una palabra, una Iglesia aquejada por una profunda crisis de imagen, hecho reconocido por la inmensa mayoría de los observadores. Es el tributo a pagar por la Iglesia por el penoso y difícil tránsito que supuso “abrir las ventanas”, como pedía Juan XXIII,  y tener que superar el paso de una Iglesia de poder, que como tal actuó en los últimos dieciséis siglos, a una Iglesia de servicio, guiada hoy con acierto por senderos más evangélicos por el Papa Francisco.

            Y esta evidente relajación de imagen tiene su manifestación y reflejo en el actual abandono en que se encuentran muchos de sus inmuebles y lugares de culto, edificios e iglesias, monasterios abandonados y hasta sus casas rectorales. Elementos que hasta hace pocos años gozaban de una esmerada imagen de florecimiento, cuidado y conservación, acusan hoy muchos de ellos un deterioro manifiesto. Feligreses y curas, que hasta ahora competían juntos en su empeño por exhibir una imagen cuidada de sus templos y  ornamentos de culto, sucumben hoy al cansancio y apatía general que azota a la Iglesia, y que se hace manifiesto en el descuido y el abandono de muchos de ellos.

            He ahí el otrora magnífico templo parroquial de Cedofeita, por ejemplo, que después de haber sido víctima hace pocos años de la impugne expoliación de algunos de sus objetos de culto, se encuentra hoy convertido en el fiel reflejo de esta desidia y apatía por la que atraviesa la Iglesia. Ni los curas encargados y responsables de su custodia y cuidado, ni los mismos feligreses, otrora celosos del prestigio y pulcritud de su magnífico templo y hoy afectados por su indolente indiferencia, se ocupan hoy de frenar su galopante deterioro y ruina.

             Un bello edificio, edificado en los siglos XVII y XVIII, y rehecho en el siglo XIX. Un edificio de tres naves de la misma altura, apoyadas en pilares cruciformes. Su esbelta torre, de un único cuerpo rematado en cúpula, se encuentra hoy convertida en un verdadero solar en donde proliferan todo tipo de plantas silvestres, hierbas, zarzas y pequeños arbustos, cuyas raíces van socavando y triturando, lentamente pero sin pausa, la fábrica y la argamasa que cubre sus paredes. Hasta que un día, no muy lejano si no se pone remedio a este abandono tanto en su interior como en su exterior, haya que llorar la desaparición lamentable de ese símbolo expresivo de la fe y espacio de convivencia de los que han sido y son sus feligreses.

            Vaya desde aquí una llamada a la reflexión, tanto a los vecinos de la parroquia, responsables de su herencia patrimonial, como a los curas encargados, verdaderos animadores sociales de la comunidad y responsables del cuidado de este templo, para que se arbitren los medios necesarios para la reparación de este templo. Tarea difícil para los curas, sobre todo en estos tiempos en los que la mies crece cada vez más y los pastores son cada vez menos.

 


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